Cuatro días después del encuentro, al fin saco tiempo para añadir esta entrada. Me gustaría decir muchas cosas, pero la palabra que mejor puede adjetivar el evento es, sin duda, “mágico”. Varios son los motivos de tal calificación, empezando por la bienvenida en la entrada, teniendo el placer de ser acompañado por Elena, una profesora del instituto apartada de la enseñanza pero que sigue participando en actividades como esta. De camino hasta la biblioteca me puso al día sobre el edificio, del que desconocía que tenía el privilegio de ser el más antiguo de España.
El mimo puesto en la reunión quedó latente al llegar al acogedor rinconcito de la biblioteca que Mercè estaba acabando de preparar cuando llegamos. A continuación fueron llegando los alumnos integrantes del club, junto con el resto de profesores también partícipes, en concreto Joan Manuel y Gurutze.
Una vez todos acomodados llegó el emocionante momento de la presentación, por parte de María Rojo, mi prima, que evocó momentos tan entrañables y divertidos de nuestra infancia que, además de provocar las correspondientes risas, consiguió captar la atención de todos.
A partir de ahí la espontaneidad del grupo tomó las riendas del coloquio. La charla cobró vida propia y todo lo que tenía planificado se fue al garete y estuvimos hablando de cosas, bajo mi punto de vista, mucho más interesantes. Todo gracias a las aportaciones y preguntas de profesores y alumnos, que me obsequiaron con un sincero interés por escuchar las locuras que pasan por este desmadrado apéndice que corona mi torso al que suelo llamar cabeza.
Hablé de mi novela, Los Distintos, sobre mi metodología de trabajo, sobre mi vida, pregunté por gustos y preferencias pero, sobre todo, aproveché para ponerme al día del club de lectura. Me hubiese gustado tanto haber podido ser un miembro de uno de estos clubs cuando era joven… Pero lo que pudo haber sido y no fue no me motiva; yo me quedo con la alegría de saber que las nuevas generaciones se interesan por la lectura y mantienen vivo algo tan bonito, socializador, cultural y rabiosamente divertido como es un club de lectura. Desde aquí, un fuerte aplauso para los profesores que lo mantienen vivo y a los alumnos que participan en él. Enhorabuena a todos.
Para colmo, me obsequian con un ejemplar de Robocalipsis de Daniel H. Wilson, que estoy deseando comenzar a leer en cuanto acabe Zombie Planet de David Wellington (sí Laura, no soy capaz de leer dos libros a la vez), de cuya trilogía publicaré una entrada más adelante, en cuanto consiga digerir semejante rareza de obra. Lo mejor del regalo, el ejemplar de Robocalipsis, fueron las dedicatorias. Las de Mercè Martí i Joan Manuel Soldevilla me emocionaron (no miento, lo juro), gracias por la firma de Elena y Gurutze. Los alumnos no se quedaron cortos y no exagero diciendo que me tocaron la fibra las dedicatorias de Lea, Laura Gualda, Cristina Mitrica y fueron muy bonitas las de Juan José, María, Eloi, Jesús, Fátima y de todos los demás, que no puedo mencionar porque no entiendo la letra de la firma. Disculpadme.
Por último, Joan Manuel Soldevilla redacta una crónica del encuentro que me parece estupenda y cuya parte final cito textualmente: “L’hora va passar a una velocitat escandalosa i, sense adonar-nos, vàrem arribar al final de la sessió, una hora magnífica que va deixar amb el millor gust de boca tots els membres del club. La millor manera de cloure un any intens de lectures i reunions i d’agafar noves forces per pensar el Club de lectura el proper curs.”
Por mi parte, ojalá os animéis a enviarme escritos, opiniones y comentarios (Mercè, tú incluida) y a las palabras de Soldevilla añadiré que el gusto fue mío y que tenéis todo mi apoyo para el próximo curso, esperando que mantengáis el mismo nivel de calidad humana, que al fin y al cabo es lo que conseguirá que os lo paséis bien juntos, ya sea leyendo, pintando o esculpiendo bustos en bloques de mármol. ¡Sois muy grandes, chavales!
















